Publicado el 23.02.2015

Tres mitos venezolanos

La violenta detención del Alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, sacado a golpes la pasada semana de su despacho por agentes bolivarianos, y el aniversario de encierro del opositor Leopoldo López, entre varias personas privadas de libertad por las mismas razones, ameritan algunas aclaraciones. Explico aquí tres de los mitos más populares sobre la situación venezolana, extendidos en Chile por los partidarios locales del gobierno socialista.

1. En Venezuela hay en marcha un golpe de Estado opositor

No hay régimen autoritario que no denuncie semanalmente una tentativa de golpe o de magnicidio. Es algo que atemoriza a la ciudadanía, cohesiona a los partidarios, distrae y justifica persecuciones, especialmente ante la audiencia internacional, en general poco informada. En Venezuela, ya hasta se toma con cierta sorna. Que si la CIA, que si la extrema derecha fascista. Se salva el Mossad porque nadie lo conoce.

Para organizar y dar golpes de Estado se necesitan, al menos, oportunidad, recursos, militares y poder de fuego, algo que la desarticulada oposición venezolana no tiene. Para empezar, los militares son leales al gobierno y, sobre todo, al status social privilegiado que tienen. La única vez que Chávez cayó de la silla por unas horas, en 2002, lo devolvieron y hubo al interior una severa purga estalinista. Hasta hay banderas cubanas izadas en los cuarteles. “Patria, Socialismo o Muerte”, se corea entre los verde olivo.

A Ledezma lo acusan de golpista, terrorista y desestabilizador por haber firmado un acuerdo de transición público para un eventual gobierno postchavista. Esa es la “prueba”. Pero ya se las arreglará la creativa justicia revolucionaria, fiel al mandante, para encontrar algún arsenal o túnel secreto hacia la Casa Blanca.

También se acusa a la oposición de desestabilizar, algo que parece puede hacerse denunciando la escasez de papel de baño. Si Ud., amigo lector, con su teléfono toma fotos de las estanterías vacías de los supermercados puede ir detenido por algo así como “terrorismo”. Y a los pocos empresarios que sobreviven (los que no han podido liquidar para que no desaparezca la poquísima comida, cerveza y bienes que quedan) se les culpa de acaparamiento y conspiración. Es decir, la escasez no se debe a invasiones de tierras, expropiaciones, confiscaciones y ataques a la propiedad privada, además de restricciones para el acceso a divisas extranjeras necesarias para importar insumos, sino a un plan donde la CIA debe tener las narices metidas. Ilustro: hoy, los venezolanos residentes en Chile, Canadá o Australia compran harina para arepas de una marca venezolana, que ahora se fabrica en Colombia, y la llevan de regalo a sus familiares en Venezuela (con papel de baño y desodorante).

Mientras tanto, el presidente venezolano controla el Estado, los recursos económicos (los petrodólares), la justicia, el aparato represivo (incluidos los “colectivos”, civiles organizados en bandas y armados hasta los dientes para “defender la revolución”) y los medios, en especial los propios, los comprados a través de testaferros y los que se autocensuran por miedo o acuerdos. Así, hoy parece más peligrosa la división al interior del chavismo y el desastre económico que la propia oposición.

2. En Venezuela la oposición es de extrema derecha

En Venezuela no hay ni siquiera “derecha” a secas. Ha sido y es un país de tradición izquierdista, con suerte socialdemócrata. Durante la democracia representativa, luego de derrocado el General Marcos Pérez Jiménez en 1958, y hasta la elección de Chávez en 1998, el país se dividía entre socialdemócratas y socialcristianos. Si Ledezma fuera chileno militaría acaso en el PPD. Hasta en la izquierda chilena hay gente que parece tener eso claro, como Isabel Allende o Juan Pablo Letelier, por ejemplo.

La oposición venezolana es un cajón de sastre donde ha habido de todo, incluso Bandera Roja, autodefinida como “partido marxista-leninista que pugna por el establecimiento de la Democracia Popular en Venezuela y enfrenta actualmente al régimen chavista”. ¿Qué tal? También están, entre otros, Acción Democrática (socialdemócratas); Voluntad Popular y Alianza Bravo Pueblo (igual); COPEI (socialcristianos); Primero Justicia (hijos de los socialcristianos) y el MAS (Movimiento al Socialismo, que una vez se dividió entre chavistas y opositores). Y viejas figuras emblemáticas de la oposición son, nada más y nada menos, que ex guerrilleros de la izquierda de los años 60: Américo Martín, Pompeyo Márquez, Teodoro Petkoff. La ex Concertación en Chile fue más “de derecha” que lo que Maduro llama “extrema derecha fascista”.

Algo interesante: Los partidos y personas acusadas de ser “de extrema derecha fascista” son, precisamente, los que en Venezuela dieron auxilio, atención, apoyo y cobijo –visas, asilo, trabajo, hogar– a los exiliados chilenos en tiempos de Pinochet.

3. En Venezuela hay, al fin y al cabo, democracia

La pobreza de nuestra cultura democrática en Chile es perturbadora. Demasiada gente cree que donde hay elecciones –como quiera que se den– hay democracia. Decir eso responde a dos posibilidades: o se entiende la democracia como la imposición absoluta de las mayorías, incluso en forma de tiranía de masas (Lenin hablaba de “dictadura del proletariado”), o simplemente se ignora que la democracia de los países más libres y prósperos no tiene que ver con nada de eso y mucho con la libertad de expresión, el imperio de la ley, la alternancia en el poder, la separación de poderes, el gobierno limitado y la libertad económica, entre otras cosas.

Gracias al desprestigio y corrupción de la política tradicional de aquellos años, el chavismo llegó al poder de manera incuestionable, en elecciones libres y transparentes, en 1998… no sin antes intentar el golpe en 1992 que catapultó políticamente Chávez. Luego de eso hizo lo propio: desmanteló las instituciones democráticas luego de haberlas usado para llegar el gobierno. Primero, asamblea constituyente y redacción de una nueva constitución a su medida y antojo, con el apoyo de juristas e intelectuales de dudosas credenciales democráticas, más bien interesados en materializar sus utopías revolucionarias. Luego de eso, copó el aparato estatal con gente leal al proyecto y al partido y capturó todas las instituciones para ponerlas al servicio del mandamás, incluida la justicia y, por supuesto, los militares. Seguidamente, se aplastó a los privados y se le puso una soga bien corta a los medios de comunicación. A otros, como RCTV, fuera del aire desde 2007, los liquidó definitivamente. Al final, el gobierno legitimó el sistema usándolo y forzando a la oposición a ello. Siendo prácticamente la única “vía institucional”, no hacerlo sería considerado “golpismo”. Aunque en Venezuela no ser revolucionario y bolivariano es suficientemente golpista.

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En conclusión, observar la existencia de los tres mitos explicados –y comprobar lo expuesto con un poco de honestidad intelectual y sentido común– permite no solo comprender con capacidad crítica y propio juicio lo que ocurre en Venezuela, sino además identificar en Chile quiénes creen en la libertad y quiénes la desprecian y aborrecen. Porque, al fin y al cabo, este no es un problema de izquierdas y derechas. Es cuestión de elegir entre sociedad libre y opresión.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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